Asociación Rural del Paraguay

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En marcha, estructura de perversión que busca desalentar el trabajo en el campo

Delincuentes disfrazados de campesinos se apoderaron de una propiedad privada, donde arrasan con la reserva boscosa, se alimentan del ganado ajeno y amedrentan a los dueños.

MARIANO ROQUE ALONSO, (ARP)-- Vencer o morir. Esta es la consigna acuñada con el sacrificio de terceros por la estructura criminal verticalista que ha sentado raíces en el establecimiento agropecuario Pindó, departamento de Canindeyú.

Desde hace 5 años, delincuentes disfrazados de campesinos sin tierra se han apoderado de la propiedad privada para poner en marcha un proyecto totalitario que busca arrasar con la reserva boscosa, alimentarse del ganado ajeno y dedicarse a otras actividades ilegales como la producción de marihuana, a través del amedrentamiento sistemático a los dueños, personales de finca y autoridades.

Al ritmo del “cháque” subyacente y a tambor batiente, sustentado en la posesión de armas de variado calibre y la predisposición latente para atacar, destruir y matar, los invasores ponen en práctica un rígido esquema de dominación, para lo cual cuentan con el asesoramiento de sectores externos y la ayuda necesaria del poder político empotrado especialmente en el Congreso Nacional, el mismo lugar donde se hicieron las leyes que consagran el respeto sin condiciones de la propiedad privada, el valor de la vida y el castigo a los transgresores del Estado jurídico.

Esto no se cumple en Pindó, donde los delincuentes organizados han constituido un Estado dentro del Estado. Ahí no tiene entrada la ley, la justicia, la Policía, nadie. El acceso está vedado para el orden constitucional, y de esa manera proceden en consecuencia.

Añosos y valiosos árboles de la reserva boscosa de 2.800 hectáreas, etiquetada como patrimonio universal, son arrasadas a diario sin ninguna contemplación y la madera es destinada al mercado clandestino levantado impunemente en el entorno, que se encarga de surtir de recursos espurios a cambio del lucro ciego y la enajenación del futuro de las próximas generaciones de paraguayos.

Las instituciones están ausentes en Pindó. Han desaparecido sin dejar rastros, permitiendo con su inacción que la fuerza bruta, la violencia y el terror se impongan a los dictados del Estado de Derecho que, en los papeles, rige en el Paraguay.

El sistema de perversión ocupacional instalado en el otrora floreciente polo productivo, hoy reducido a un bastión rebelde, se ha constituido en espina para la justicia. En ese lugar, como en ningún otro, los invasores sacan pingües beneficios de la marginalidad entendida como iniquidad en cadena.

El batallón está comandado por un tal Ceferino Ruiz, quien no tendría más de 30 años y fue entronado por la claque campesina porque, a diferencia de la mayoría de los líderes, no cuenta con orden de captura, a pesar de sus hechos.

Sobre la cabeza de Ruiz pende la rutina de 330 familias oriundas del entorno que aprovecharon el relajo de la justicia para apropiarse de parcelas de tierra ajena, donde obtienen ganancias ilícitas y sirven de escudos humanos ante un hipotético desalojo, que por ahora está muy lejos de la realidad.

Abundante material documental, presentado puntualmente en las instancias de rigor en tiempo y forma por los propietarios de Pindó para acreditar la pertenencia y solicitar la devolución de las tierras usurpadas –en proceso de devastación-, han caído en saco roto.

Uno a uno, las instituciones se han llamado a silencio, permitiendo de esa manera que la clandestinidad y la injusticia levanten la bandera de la impunidad.

Peces intoxicados por los invasores, según los propietarios de la Ganadera Pindó